Este es un bloc para la apertura, el diálogo y el encuentro. Se trata de compartir palabras, que es una forma de compartir experiencias de vida. Está pensado para facilitar la relación educativa con las alumnas y los alumnos de la Facultad. Es también una forma ágil de intermediar en esa relación a través de textos cortos, la mayoría ya publicados en diferentes revistas y periódicos.

Dersu Uzala


Dersu Uzala

Jaume Martínez Bonafé

Universitat de València


La primera vez que vi Dersu Uzala tenía veinticinco años y acabábamos de fundar “Margarida”, uno de los primeros movimientos sociales ecologistas de País Valenciano, especialmente virulento con la construcción de la central nuclear de Cofrentes. Para aquellos jóvenes que soñábamos con la “aniquilación de toda forma de polución” –así lo definíamos- la llegada de esta película a Valencia fue una agradable bocanada de aire fresco en la espesa y contaminada atmósfera social y cultural de la ciudad. Llegaba hasta nosotros un discurso de amor y diálogo con la Naturaleza, cuando la hegemonía discursiva se apoyaba en la ideología de la conquista y dominio sobre la Naturaleza. Porque esta es, a mi modo de ver, una de las principales enseñanzas de la película: el encantador personaje de Dersu construye con facilidad lazos de amor y amistad con los demás porque ha aprendido a vivir en una relación de diálogo, respeto y amor con la Naturaleza. Los colores de la taiga, el viento helado, las huellas del tigre, el rumor del riachuelo, la llama de la hoguera, son códigos lingüísticos de “gente”, que es la forma humanizada en que Dersu se refiere a los diferentes elementos del territorio.

Una película de valores (que no es sólo de valores)

Vayamos por partes. ¿Por qué vale la pena detenernos en un film de más de treinta años de antigüedad? ¿Qué nos aporta hoy su visionado? ¿A quién le puede interesar? En primer lugar, esta aventura fílmica, narrada con extraordinaria habilidad por el maestro Akira Kurosawa –uno de los más grandes cineastas en la historia del cine- se asienta en los valores universales de la solidaridad y la amistad. En efecto, en el marco de esa relación humanizada con la Naturaleza antes comentada, Dersu Uzala, un cazador nómada en los bosques de la taiga siberiana, va a conocer, acompañar y cultivar una hermosa y solidaria relación con el capitán Vladimir Arseniev, que con su destacamento tiene el encargo de elaborar prospecciones geológicas en ese inmenso e inhóspito territorio. Todo esto ocurre a principios del siglo XX y, al parecer, el cineasta japonés construirá su relato cinematográfico a partir de los cuadernos de viajes que en aquel momento escribiera el explorador y geógrafo ruso.

Y lo que me parece interesante subrayar, en segundo lugar, es que el valor de la amistad, que crece y se desarrolla en el transcurso del relato, está permanente mediado por un “modelo”, que es un modo de estar y vivir en la Naturaleza. Así, en el recorrido por la taiga, los momentos más duros y difíciles y los instantes más serenos y placenteros, son el pre-texto que enmarca el texto amoroso y solidario de la amistad. El tercer aspecto a destacar es que esa relación está construida desde la sabiduría de un ser –el personaje de Dersu Uzala- que ha sabido convertir la experiencia de su relación económica con la Naturaleza en un modo constante e inteligente de interpretación, que es la que le permite la supervivencia pero también la felicidad. La película va desmenuzando, en las diferentes situaciones de aventura, riesgo y descubrimiento que viven los protagonistas, esa sabia capacidad de interpretación de los códigos del territorio, y lo hace de la mano de un personaje que en cada gesto, en cada decisión, en cada conversación, nos aporta una razón, una “teoría”, un argumento para comprender el modelo de amor y solidaridad entre los humanos, y de los humanos con la Naturaleza.

Hay en la película secuencias inolvidables. En una de las primeras, todavía al inicio de las extraordinarias aventuras que viviremos, el destacamento guiado por Dersu llega extenuado hasta una cabaña en el bosque, destartalada y con agujeros en el techo. Mientras lo demás descansan, Dersu busca troncos y ramas, arregla los agujeros, acumula un montón de leña para el fuego y pide al capitán dejar un poco de sal, aceite y cerillas. Ante la extrañeza de su interlocutor nuestro buen hombre explica que otros –desconocidos, pero siempre “gente”- vendrán y necesitarán de esa pequeña ayuda para continuar el camino. Y esa es la cuestión, saber que nuestra supervivencia, el futuro todavía desconocido, está en manos de aquello que hoy podamos hacer para que el mundo se sostenga y no caiga destartalado por el descuido y el egoísmo humano. Dersu nos lo explica de un modo inteligente y sabio, pero sus gestos, sus palabras, sus iniciativas, nacen del corazón.

La película es, ciertamente, una película de aventuras, que nos mete de un modo genial en las entrañas de un territorio donde los ríos, los vientos, los árboles, los animales y las muchas lunas y los muchos soles de las diferentes estaciones del año, son al mismo tiempo, un motivo de gozo y un peligro de muerte. Y en esa relación entre el placer, la sorpresa, el descubrimiento y el peligro, vamos también desentrañando las historias vitales de los seres humanos. No he venido a estas páginas a contar lo que el lector habrá visto o verá, pero es imposible no subrayar la extraordinaria emoción y el ritmo intenso y agobiante con el que en medio de una enorme placa de hielo siberiano, perdidos de toda orientación, Dersu y el capitán Arseniev cortan y amontonan a toda velocidad paja, hierbas, maleza, luchando contra el viento y contra el tiempo implacable de los pocos minutos en los que, desaparecido el sol del horizonte, las bajas temperaturas de la noche pueden acabar con sus vidas. Y es tan hermoso respirar la llegada del nuevo día y comprobar la agudeza y el ingenio de un hombrecito que no sabe de la ciencia de los libros pero tiene un conocimiento experiencial que le permite encontrar los recursos más imaginativos en el momento que más los necesita.

Pero la película no es solo la narración de una aventura; es al mismo tiempo la mirada amarga y desgarrada hacia una civilización que en sus formas de progreso y desarrollo acaba destruyendo aquello que le acogió y le dio vida. En efecto, la historia comienza con al búsqueda por parte del capitán Arseniev de la tumba Dersu, desaparecida bajo los cimientos de un aserradero, símbolo del desarrollo civilizatorio. Es también la mirada amarga hacia una forma de cultura en la que el ingenio técnico –un nuevo y moderno rifle que regala el capitán al cazador con la vista ya envejecida- se convierte en motivo para el robo y el asesinato de un hombre bueno.

¿Qué nos enseña esta historia para nuestra actual vida urbanita?

“Miráis pero no veis” dice Dersu en un momento de la película. Quizá ésta sea una de la principales enseñanzas: aprender a mirar para tener capacidad interpretativa; aprender a mirar para encontrar los enojos y las llamadas de atención de la Naturaleza hacia un sistema cultural y económico miope cuando no ciego, además de suicida. Las figuras del texto son poéticas quizá para reforzar la intensidad de un saber reflexivo nacido de la experiencia vital. El ritmo lento, el acompañamiento sonoro, nos conducen por la historia en una constante invitación a una reflexión emocionada. En otro momento del film Dersu está con un grupo de soldados protegiéndose de la lluvia, y uno de ellos le pregunta ¿qué es el sol?. Y el cazador responde: “El sol es nuestro padre, pero a veces nos portamos mal y llora”. Según la filosofía vital que nos transmite este personaje, si el sol, la luna, el fuego, el agua, el viento, son “gente”, que ríe, llora, se enfada y siente, nuestra relación con esa “gente” no puede ser sorda, ciega, depredadora, objetual, instrumental. Hemos de encontrar otro modo de relación y un lenguaje nuevo desde el que entendernos con la Naturaleza, y desde el que entendernos a nosotros mismos desde esos nuevos códigos culturales.

Me parece un interesante hallazgo didáctico la figura del cazador solitario que aprende en el viaje de su experiencia vital. Como el flaneur de Baudelaire –el poeta en la selva urbana del Paris de las galerías y los boulevares del XIX- también Dersu aprende dando significado a los instantes vitales, construyendo teoría de su propia experiencia. No hay un saber preelaborado, un objetivo a que acudir, una parrilla conceptual que corroborar en las acciones cotidianas. Al contrario, es en el diálogo interior que provoca la aventura, el encuentro inesperado, la experiencia inmediata, el paseo sin rumbo, donde se construye el significado. Me parece interesante, digo, porque nos acerca a un “modelo” diferente de entender la construcción del conocimiento, y las relaciones del sujeto con el conocimiento. Como en la mirada del poeta, frente a una ciudad enajenada y burguesa, lo que aquí se propone es otra mirada, capaz de sacarnos del estado de masa o muchedumbre, para encontrar sentido y significado al acontecimiento cotidiano, a la experiencia particular y subjetiva. Si aprendiéramos a caminar por el espacio urbano como Dersu camina por el bosque y la taiga encontraríamos un interesante contrapunto –esta es la hipótesis- a la pérdida de sentido, a la debilidad ética, y el extrañamiento social en que vive el sujeto en la compleja y urbanita sociedad contemporánea.

También Walter Benjamin recuperó esa imagen del flaneur de Baudelaire para reivindicar la capacidad de mirar reforzando el interés por una mirada hacia el mundo desde la visión apasionada, subjetiva, crítica, e independiente. Mirar para interpretar, para sentir, para gozar. Pues es desde ese modo como nuestro personaje en la película, Dersu, acaricia el bosque con sus pasos porque en cada uno de esos pasos está el ojo apasionado que necesita mirar y aprender de cada instante vivido, de cada circunstancia encontrada. Y de alguna manera, como al poeta de las multitudes parisinas, es precisamente esta condición de flaneur la que aporta a la vida su sentido más profundo. Y como el poeta necesita las calles para vivir su poesía, el cazador necesita la taiga para encontrar la felicidad de vivir, una felicidad que cambia por la tristeza y la depresión precisamente cuando se encuentra sumergido en la comodidades domésticas de una habitación y una casa confortable en la ciudad.

Otro significativo aspecto del discurso de la película es una teoría de la amistad basada en el respeto a la diferencia. En efecto, la construcción de la relación entre el cazador solitario y el capitán es el reconocimiento y respeto de su construcción subjetiva. Son dos mundos culturales muy diferentes los que se ponen en relación, y cada uno de ellos sabe encontrar en el otro aportaciones relevantes para su vida, sorpresas que enamoran y estrechan los vínculos. Vladimir acoje a Dersu en su casa y respeta sus silencios, su nostalgia de la taiga, y trata junto a su familia de hacerle la ciudad respirable, aunque Dersu declara en algún momento: “en la ciudad no puedo respirar”. Por otra parte, Dersu trata de seguir el ritmo vital familiar y ciudadano pero se enfada mucho en un momento en que ve que el ama de la casa paga dinero por el agua y la leña.

Finalmente, otra relevante aportación a la reflexión didáctica es el valor de atender a las personas mayores, reconociéndoles un saber experiencial que, si bien dejó de ser productivo, es esencial para el cultivo y desarrollo de una humanidad plena. No se puede dejar esa experiencia vital barrida frente al televisor basura, del mismo modo en que Dersu se quedaba mirando arder la leña en la estufa de su habitación. En ese sentido, la película muestra la dramática pérdida de facultades vitales con la llegada de la vejez –Dersu descubre un día en plena caza que está perdiendo visión, tan necesaria para su actividad económica y su supervivencia en la taiga-, e invita a la reflexión sobre el cuidado, la ayuda y atención al mayor, pero también, sobre el modo de reconocimiento de una historia de vida que debe seguir teniendo juego en la construcción de las relaciones cívicas y culturales de la ciudad.

Algunos detalles y comentarios relacionados con la producción y la realización.

Dersu Uzala es una película rodada en 70 milímetros y casi en su totalidad en exteriores. A ojos de hoy, la Naturaleza de la taiga rusa se convierte en la película en el reconocimiento de algo así como un gran actor ya desaparecido; en efecto, muchas de las imágenes que mostró Kurosawa dándoles una relevancia de primer actor en la narración, hoy han sido sepultadas por las prospecciones petrolíferas y otros destrozos causados por el llamado desarrollo. Como ya quedó señalado, la dirección del film, que empieza a rodarse en los inicios de los años 70, es de uno de los cineastas más importantes del cine japonés –Akira Kurosawa- a quien probablemente el encargo que le hiciera la productora estatal soviética Mosfilm le salvara de una muerte buscada; pues el veterano director, con 65 años, había intentado suicidarse tras el fracaso de otro proyecto reciente de dirección y producción.

La estructura de la película está organizada en cinco bloques temáticos. En el prólogo y en el epílogo, se subraya la amarga y melancólica nostalgia por un mundo y unos personajes ya desaparecidos. Entre medio, en tres bloques bien diferenciados el desarrollo de tres viajes. El primero es un viaje de descubrimiento de personajes: la taiga, el bosque, …y Dersu Uzala, un cazados patizambo y un hombre bueno. En el segundo transcurren los incidentes y conflictos de la trama. Y el tercer y último viaje es la huída sin retorno de un mundo civilizatorio y urbanita de un personaje que ya no puede mantener aquella original y solidaria relación con la Naturaleza. Con la imagen del cayado apoyado en la tumba del cazador, el director Kurosawa nos muestra su particular llanto ecologista por un mundo que no sabe o no quiere vivir en una relación dialógica con la Naturaleza.

El ritmo de la película es pausado, muy característico del cine japonés, y completamente alejado del modelo hegemónico del cine norteamericano. Sin embargo, la emoción y las tensiones que el texto cinematográfico provocan en el espectador, hacen que las casi dos horas y media de metraje pasen desapercibidas. Una herramienta muy importante en la construcción rítmica y el estado emocional del espectador lo constituye la banda sonora, una forma de lenguaje por la que también hablan los personajes y se muestra el territorio.

El trabajo de los dos actores principales es excelente, y es inolvidable el primer momento de aparición en pantalla del patizambo Dersu en una interpretación entrañable y hermosa de Maksim Munzuk. ¡No disparen, soy gente!!.

Una película, entonces, imprescindible en las filmotecas de colegios, centros culturales, movimientos sociales ecologistas, y en general, entre los amantes del buen cine, ético y comprometido, que nos emociona y divierte al tiempo que contribuye a nuestra formación reflexiva y crítica.

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