jueves, 24 de diciembre de 2020

EL CINE


Jaume Martínez Bonafé

 

En las noches de verano de nuestra infancia, de puntillas y apoyados en la barandilla del balcón, mi hermano y yo asomábamos la mirada entre las láminas de la persiana para contemplar, en silencio, medio rostro de Robert Taylor, un pedazo de la espada de un romano, con un poco de suerte los labios de Sofía Loren o escuchábamos emocionados el rugir de un león, la persecución del quinto de caballería a los resistentes apaches o el disparo del sheriff acabando con la vida del bandido de turno. En algun ocasión llegamos a escuchar, que todo hay que decirlo, algún trino de Joselito en El pequeño Ruiseñor. Todo eso pasaba por encima de la tapia de la parroquia donde se erguía la mitad de la pantalla del cine de verano de la Terraza Olóriz, justo frente a nuestra casa. Y por si teníamos poco, los domingos acudíamos a comprar al kiosco un sobrecito en el que había unos cuantos fotogramas que poníamos en un visor y volvíamos a imaginar cualquier historia. 

 

Durante mi infancia y mi adolescencia el cine era una de las grandes pasiones de las clases populares y uno de los pocos entretenimientos asequibles. Todavía no había llegado o no se había generalizado la televisión y en los barrios no había nada parecido a un polideportivo o cualquier otra iniciativa para el cultivo del deporte o la cultura. Jugábamos al futbol en las calles, lo único organizado era una comisión fallera o como en el caso de mi barrio, Marxalenes, un club juvenil en la parroquia. Y fue precisamente por iniciativa del cura párroco, ocupado en entretener a los niños los días festivos, que felizmente descubrí el cine del Gordo y el Flaco, de Charlot o de Buster Keaton. El cura, un tipo del que luego supe su compromiso social, reciclaba el espacio de lo que durante la semana era una de las aulas de la escuela parroquial para proyectarnos en una pantalla improvisada en la pared, las películas que provocaban nuestras risas y alimentaban nuestros sueños. 

 

Empecé de niño y ya nunca dejé de ir al cine. No lo hice casi nunca con mis padres, bastante ocupados en sacar la familia a flote. Y el poco tiempo que mi padre podía tener libre un domingo por la tarde lo compartía con el Valencia CF, club del que era socio. Así que mis aventuras iniciáticas con el cine las recuerdo más con la pandilla del barrio. El cine Boston, el Majestic, el Museo, ... El Boston estaba en Benicalap y era un cine inmenso y en las sesiones vespertinas de los domingos podía albergar a centenares de chavales. Intento imaginar ahora qué significado podría tener para nosotros la expresión “ir al cine” y con qué criterios se tomaba la decisión: “una de romanos” o “sale fulanito o fulanita”. Lo cierto es que allí adentro de aquella enorme sala pasaba de todo mientras James Bond se peleaba con Goldfinger: comíamos pipas, hacíamos correr las botellas de vidrio llenas de agua por el suelo inclinado, lanzábamos el papel que envolvía el bocadillo a algún grupito de chicas, reíamos y gritábamos con fuerza y si no acabábamos de entender por qué Jack Lemon tenía que prestar el apartamento, nos salíamos a fumar unos Bisontes en los servicios y simulábamos al actor de turno entre la espesa neblina del humo de los cigarrillos. Otro motivo de jolgorio era el NODO, una especie de noticiario propagandistico del régimen, de obligado pase en las salas antes de la emisión de las peliculas. De niños, y asistiendo a la escuela nacional, que era otro potente aparato del  régimen, eramos incapaces de analizar la función de transmisión ideológica de esos documentales, pero los despreciábamos igualmente por su estética más cercana a los Reyes Católicos, sin color y con unos “actores” grises y sin ninguna emoción. Entre Kirk Douglas liderando la rebelión de los esclavos y Franco pescando truchas no había duda: ¡mientras pasaba el NODO, a los baños a fumar! 

 

Más adelante, con unos pocos años más, pude cruzar el río, escaparme de los confines del barrio y sumergirme en la ciudad. Entonces descubrí la espectacularidad del cine Lys o el Eslava, la hermosura del Metropol, la grandiosidad del Cine Serrano o la estética moderna de otro inmenso cine Oeste que fue el primero en ofertar cinerama, un sistema de proyección sobre una pantalla muy ancha. De todo aquello no queda nada. Sí, un resistente Cine d‘Or que nos regala ahora algo muy común en mi infancia: la sesión doble.

 

Cuando ya andaba por la calle con barba y melenas y empezaba a notar que llevaba el mundo a mis espaldas, sería el inicio de los años 70, descubrí los cine-clubs, un espacio descaradamente antifranquista en el que el arte del cine se tejía con el compromiso político. Se aprovechaban los locales de algún Colegio de Licenciados, de una parroquia, un Colegio Mayor o Una Facultad. Recuerdo haber visto en el C.M. Pio XII Queimada(de Pontecorvo, con un espectacular Marlon Brando) y haber ido muchas veces al de los de Dominicos, al Don Bosco, al Col.legi de Farmaceutics .. ¡Ay! de este último recuerdo una sesión inolvidable: Rafa Pla nos trajo La Madre, de Vsevolod Pudovkin ¡en ruso! Él iba leyendo una especie de traducción desde una cabina improvisada, pero, aunque ya sé que hablo de una joya del cine soviético, lo cierto es que la sesión se hizo insoportable. Y lo más bueno es que al acabar la peli el compañero Platón, así le conocíamos, pretendía un coloquio -era el momento de la concienciación política- pero todos salimos corriendo. El caso es que he recordado muchas veces esa peli y la novela homónima de Gorky porque siempre pensé en nuestra madre con un proceso de reconversión ideológica muy similar: el amor a los hijos, que sabe honestos en su propuesta revolucionaria, acabará arrastrándola al compromiso. Mi amigo Abelardo cuenta de una curiosa convocatoria boca a boca en el Colegio de Farmacéuticos para ver una película de Buñuel que era secreto pero todo el mundo sabía que iba a ver Viridiana

 

Decir cineclub es decir Cartelera Turia. Además de que algunos de sus componentes regentaban algunos de estos cineclubs, la Turia ha sido durante toda mi vida cultural y de compromiso un referente semanal ineludible. Fue muy inteligente la estrategia de un grupo de intelectuales de izquierda apasionados por el cine para hacer de una cartelera de espectáculos un espacio puntual para el encuentro con reflexiones culturales y políticas de gran calado. El prestigio de esta cartelera ha desbordado al País Valenciano llegando su influencia a los círculos progresistas de Madrid y de Barcelona. Solo sus portadas eran ya toda una provocación artística, algunas diseñadas por los incipientes“Equipo Crónica”, y “Estampa Popular”. Y en la Turia han colaborado intelectuales como Vázquez Montalbán, aunque si he de decir nombres empiezo por mi querido Alfons Cervera. Yo tuve el privilegio de publicar algún artículo, en un par o tres de ocasiones. De esta revista/cartelera se pueden decir muchas cosas. Yo no me resisto a contar los chistes y risas que algunos de nosotros hacíamos con sus puntuaciones. Eran de una ortodoxia fulminante. Buñuel siempre era un cinco y a Woody Allen, en una larga primera etapa, le perdonaban la vida. Pero todos y todas nos dejábamos y nos seguimos dejando llevar hasta los 3los 4los 5de la Turia. Ahora mismo disfruto de un “Taller de Cine” en l’Eliana que dirige Pedro Uris, uno de los sabios de la Turia. Y digo sabio en el sentido más kantiano de la palabra: no digo experto, que te apabulla y a veces te aburre y te distancia de su saber especializado. El sabio te incita, provoca, te acerca el conocimiento y te hace crecer desde su saber. Es otra cosa. Yo creo que fue la Turia la que me ayudó a entender y valorar un cine español que en plena dictadura, con extraordinarios guionistas, actores y directores, nos emocionó al tiempo que nos hizo pensar. Nadie debería entrar en el cielo sin haber visto El VerdugoBienvenido Mister MarsallPlácido. ¡Un gran Berlanga!  Alguien dirá: no olvides La caza, de Saura, no olvides a Fernando Fernán Gómez… Claro! Y actores geniales y de una gran profesionalidad como López Vazquez, José Sacristán, Alfredo Landa o Concha Velasco.  

 

Con el tiempo fuimos cambiando de cines y afinando la selección. Aparecieron nuevas salas, más pequeñas y con una programación más cuidada. Algunas las llamaron de Arte y Ensayo. Recuerdo la primera, a finales de lo 60, el Cine Suizo, que estaba en la plaza del Ayuntamiento. Aquí vimos todos Helga, una especie de documental sobre sexo, concepción y parto, que en aquella época pacata y reprimida provocó colas desde la mañana. Otro pionero del arte y Ensayo fue Aula 7, al lado del mítico Teatro Alcázar. Aquí vi La Naranja Mecánica. Pero la sala que duró más y en la que yo más disfruté fue el Cine Xerea. Bueno, no olvido el Acteón, donde recuerdo que pusieron un petardo los fachas y las monjas iban a rezar a la puerta porque se proyectaba una peli de Godard: Yo, te saludo, María, total, porque contaba la preocupación de una joven por un embarazo milagroso.  

 

De aquella época recuerdo una situación que, descontextualizada, podría parecer imposible. Estrenaron Grupo Salvaje, un peliculón de Sam Peckinpah que se inicia con una superbronca con atraco a banco, lleno de tiros, cristales rotos, estómagos reventados y una forma muy particular de este director de hacer caer los cadáveres al suelo. Sigue la bronca toda la película y tiene un colofón final digno de la mejor mascletà, con tiros por todos los lados y rincones de un cuartel del ejercito mexicano.  ¡Cuento todo esto porque en las dos primeras ocasiones en que fui a ver la película, me dormí! Situación sólo explicable porque era un periodo muy intenso de trabajo, estudio, militancia y noctambulidad (¡vaya palabra me ha salido!) Luego he vistoGrupo Salvajeen varias ocasiones, y siempre me pareció una gran película, con un admirable William Holden. 

 

Ahora os contaré que en mi época de maestro de escuela hice mis pinitos con un grupo de amigos y amigas (Güin, Belard, Gonzalo Anaya, Rafa, Joan, …) en la creación cinematográfica. Con una súper 8 rodamos Levante Feliz? País Perplex!, un documental de 64’ y una historia personal de mucha intensidad, de la que os hablaré en otro momento. Con el mismo colectivo filmamos un documental sobre el barrio de la Coma, en aquella época un territorio comanche en el que era imposible entrar en el barrio si no ibas acompañado de alguien que desde dentro te garantizara la seguridad. A nosotros nos introdujo Rodri, un maestro de la escuela que se ganó la legitimidad desde el esfuerzo solidario y el cariño.

 

Y tampoco os he contado que todavía en los últimos años de la dictadura, durante dos o tres veranos un grupo de vecinos asociados clandestinamente asumimos la gestión y programación de la terraza de verano del Olóriz. Sí, el mismo de mi infancia. Fue una experiencia preciosa, en la que tratábamos de facilitar una cierta comprensión crítica del mundo desde una programación que a la vez debía distraer a unos vecinos que llegaban a la terraza con el bocadillo entre las manos esperando gozar de un rato de emociones a la fresca de la noche. Recuerdo los inmensos rollos de película que debíamos cambiar a mitad de proyección (entre silbidos del público) sobre un proyector idéntico al que aparece en Cinema Paradiso. Aquello se lo debemos a Don Vicent, un párroco comprometido al que vi en un par de ocasiones anteponerse físicamente entre la puerta de la sacristía y la policía, evitando el registro. El mismo al que llamaron inmediatamente mis padres para que hiciera de testigo en un registro que la policía social intentó en mi casa. No me resisto a contar la anécdota. Lo único que encontraron y confiscaron fue una tarjeta de navidad del Equipo Crónica en cuya portada recortada se veía al Pare Noel, pero al abrir la tarjeta aparecía Fidel Castro, que al parecer provocó las risas del cura y el cabreo de la poli. 

 

Sigo yendo al cine y sigo viendo cine. Desde aquellas primeras experiencias infantiles aupándome a la barandilla del balcón para adivinar algo más que el casco de un romano hasta hoy mismo que acabo de ver en Netflix Gambito de dama, han pasado muchas cosas y también han cambiado muchas cosas. He ido viendo como en la ciudad en que nací repleta de cines en mi juventud, la oferta disminuía y las salas desaparecían. Las grandes y espectaculares salas primero (¡qué nos ha pasado para que el Serrano se convierta en una tienda de Zara!), las multi/mini salas después, … nos quedan resistiendo los heroicos Babel, bueno, además de otras modalidades como los Yelmo o los Kinépolis (comodísimos, todo hay que decirlo).  Ya sé que los tiempos cambian (nos lo cantaba Dylan ya en 1963) y no tiene sentido perderse en la neblina de la nostalgia. Y no ignoro que cada rugido del león de la Metro significaba dólares. Pero hay algo que me preocupa: si pienso en mi recorrido vital por las salas de cine tropiezo con una experiencia social relacionada con la provocación al encuentro y el diálogo. De un modo u otro siempre íbamos al cine sabiéndonos acompañados y empujados al diálogo posterior sobre la peli. En este sentido, aquellos primeros cineclubs fueron un ejemplo admirable de como se podía colectivamente hablar de cine, desde el cine, por culpa del cine. Tomar la palabra, pensar, sabernos en una reflexión colectiva desde lo que sugiere la pantalla. Ahora mismo, Jaume Carbonell y yo hemos publicado un libro en el que hablamos de esto. 

 

Y lo que me preocupa es la individualización, el aislamiento, la pérdida del encuentro, el sinsentido de lo social. Acabo de confesar que he visto Gambito de damaen Netflix. Ver el cine en casa es cómodo, pero con la comodidad quizás estemos perdiendo el sentido original y la fuerza real que tenían aquellos cines de barrio que nos sacaban de casa y nos hacían reír o llorar juntos.