domingo, 25 de diciembre de 2011

La última cena en Viridiana de Buñuel

En estas emotivas fiestas navideñas vale la pena recordar aquella corrosiva última cena en la película Viridiana, de Luis Buñuel.

viernes, 25 de noviembre de 2011

“Tomorrow belongs to me Live”

Jaume Martínez Bonafé
Un grupo de chicos adolescentes, en la clase de dibujo, montan un collage en el que alrededor de la foto de Hitler aparecen frases y fotografías exaltadoras del nazismo y del franquismo. Unas mesas más allá otro grupo de chicas al observar el contenido del trabajo les increpan y muestran su desacuerdo. Se produce una discusión con cruces de calificativos y alguna que otra amenaza. La profesora de la asignatura se da cuenta del barullo y les invita a calmarse y no montar tanto jaleo. Cada cual acude a su tarea, y la clase continúa con aparente normalidad, hasta la salida del instituto, donde continúa el enfrentamiento.

Todos los años muestro en mi clase de Educación Social lo que anuncio como “una de las secuencias de terror más escalofriantes que he podido ver en el cine” y a continuación proyecto en la pantalla del aula un fragmento de la película Cabaret que seguramente muchos de Uds. recordarán. Es una hermosa y soleada mañana y la plaza del pueblo está repleta de ciudadanos tomando amigablemente cerveza y charlando sentados en las mesas del casino o en los bancos del parque, donde juegan los niños. De pronto se escucha una encantadora voz que inicia una hermosa canción a cappella: Tomorrow belongs to me Live. Se muestra en primer plano el rostro de satisfacción del bello joven rubio que la canta. La cámara recorre su cuerpo y muestra su uniforme de las juventudes nazis y el zoom le muestra finalmente entero, en posición de firmes, con la cruz gamada en su brazo izquierdo. La canción continúa y una chica se le suma y a continuación otros jóvenes y después diferentes personas de la plaza. Finalmente, todo el mundo está en pie cantando la canción con el brazo en alto, ante la mirada tristemente lúcida de un hombre de edad avanzada que adivina la que se le viene encima. La secuencia se cierra con la sonrisa, distante e incrédula, de un par de jóvenes burgueses y la pregunta de uno hacia el otro: ¿todavía creéis que les parareis los pies?.

No se que pensaría la profesora de Dibujo ante la situación que se produjo en aquella clase de un centro público de Secundaria. Puede que pensara que ya vendría el profe de Educación para la Ciudadanía (ah! no, que en tercero no toca esta materia!) Puede que pensara que eran cosas de niños y niñas, al fin y al cabo, lo eran. Puede que, estratégicamente, al mirar hacia otro lado estuviera protegiendo la pintura de su coche. Da igual, la cuestión es, más allá de este caso concreto, cuál es el proyecto educativo de una escuela pública, cómo se trabajan las disputas ideológicas y cómo se neutralizan las ideologías de la intolerancia y el terror. A mi me parece que bajo las palabras tolerancia, pluralismo o neutralidad se esconde a menudo un peligroso discurso desmovilizador de las conciencias críticas. Todo se resuelve en el plano de las opciones individuales y ahí tanto monta, monta tanto. La educación es un proyecto público y por tanto comunitario. La comunidad se dota de recursos para la construcción de una ciudadanía activa, crítica y responsable. Y ese es el mandato al funcionario, al servidor de la comunidad: la educación del ciudadano. Una educación que le provea de herramientas para pensar por si mismo el mundo que está viviendo y le dote de procedimientos para la intervención responsable en ese mundo.

Es cierto que la actual estructura curricular en nada favorece este proyecto. Y en ocasiones, claramente lo impide. La fragmentación disciplinar y el academicismo son herencias pedagógicas demasiado antiguas para responder a las demandas actuales de la escuela. Creer que uno entra en el aula a “enseñar Biología y nada más” es un argumento social y pedagógico insostenible. Y creer que las insuficiencias cívicas que escupe cada época las resolvemos en la escuela con nuevas materias y más fragmentación es miope o perverso. O no vemos suficiente o estamos poniendo parches a la vieja rueda de un motor que hace tiempo que dejó de funcionar.

Los educadores tenemos una gran responsabilidad, y para ejercitarla necesitamos formación y condiciones de realización. Los mañanas, todos los mañanas están por hacer y a todos y todas nos pertenecen vivos. Pero esos mañanas se construyen en el cotidiano de cada aula y de cada centro. Yo se muy bien que poner la foto de Hitler en un trabajo de collage para la asignatura de Dibujo es una estúpida anécdota infantil sin mayor relevancia. Pero desconozco el momento en que las estúpidas anécdotas dejan de serlo y un día te despiertas y en la plaza están cantando que el mañana que pertenece a unos pasa por la aniquilación de los otros.

Para que nos nos roben más pasta, ...también!!

No se si cuando esta columna se publique nos habrán vuelto a bajar el sueldo, o suprimido alguna paga o esos "complementos" sin los cuales el concepto sueldo pierde su verdadero significado. No se cuantos interinos más se quedarán sin trabajar y cuantos jóvenes titulados no podrán acudir a las convocatorias de oposiciones. Si eso pasa, se hará con la legitimidad que otorga la democracia formal: el apoyo en las urnas. No se tampoco cuantos lectores de esta columna se consideran progresistas o de izquierdas, aunque tampoco me puedo imaginar a un educador que no se apasione por el cambio, la renovación, el desarrollo de los pueblos, la crítica social, el pensamiento libre. Por eso me encuentro algo confuso: educamos a los que votan, y a los padres de los que votan. ¿Qué les estamos enseñando? Me he encontrado a gente muy pobre maldiciendo al inmigrante cuando se lo tropieza en el metro. Les he escuchado declarar que eso del nacionalismo es la peste. Y cuando quieren insultar pueden recurrir la palabra comunista. No diré que la culpa de la idiotización generalizada venga de la esuela. No digo eso. Pero me pregunto qué herramientas conceptuales y procedimentales activan los curricula escolares. La capacidad de ser sujeto, la capacidad para tomar en nuestras manos los destinos de nuestras vidas, la lucidez, la sabiduría, el pensamiento crítico, todo eso que alimenta la conciencia crítica y la inteligencia, todo eso, digo, debe cultivarse en la escuela. Es nuestra obligación como servidores del pueblo: educar; educar de verdad, educar contra el proceso creciente de idiotización social. Yo lo aprendí de Freinet, y lo subrayó Gonzalo Anaya: no se puede ser progre en la calle y carca en el aula; no se puede ser un renovador en el aula y un conservador en la calle. Hay que estar en los dos frentes a la vez. Primero, por los niños y las niñas, que han de crecer sabiéndose con capacidad para pensar un mundo mejor y más justo. Pero también, si queréis, para que no nos roben más dinero del que ganamos con nuestro trabajo.

lunes, 14 de noviembre de 2011

ALMANAQUE

Almanaque es una publicación del Foro Mundial de Educación. En este enlace encontraréis un interesante documento sobre la educación para la ciudadanía planetaria.

domingo, 6 de noviembre de 2011

Obrint Pas ens visita a l'aula!


En efecte, Xavi i Miquel (Obrint Pas) ens visitaran a l'aula FC1 el proper dimarts, 15 nov. per tal de xerrar amb nosaltres sobre el paper del músic com educador social. Us deixe ací un enllaç que ens ajuda a conèixer part del seu treball i preparar bé el cercle de cultura.

sábado, 5 de noviembre de 2011

Documental: Indignados

"Indignados" es una buena herramienta para entender y entendernos; hemos vivido y estamos viviendo un proceso social de participación crítica muy potente, y este documental nos regala claves analíticas, testimonios y piezas de evidencia para comprender el proceso y continuar enriqueciéndolo.

domingo, 30 de octubre de 2011

REPENSAR LA PEDAGOGÍA

El maestro y amigo Jorge A. Ortiz Mejía, desde Mérida, en la hermosa península de Yucatán, me manda este escrito de Graziella Pogolotti, una mujer con una biografía apasionante, de la que os diré, además de invitaros a indagar en internet, que mereció el Premio Nacional de la Crítica y las Artes de Cuba, entre muchas otras condecoraciones. Creo que su escrito nos ayuda, repensando la pedagogía, a pensarnos también como educadores.

Repensar la Pedagogía


Graziella Pogolotti

Nunca me he dedicado formalmente a los estudios de pedagogía. Pero, la realidad contemporánea exige el intercambio de saberes, entendidos éstos como aprendizaje adquirido a través de los libros y de la más rigurosa investigación científica y también como sistematización de las experiencias acumuladas a través de la vida. Todos hemos pasado por las aulas por un tiempo más o menos prolongado, y muchos hemos ejercido la docencia. Los procesos históricos se traducen en demandas sociales que modifican contenidos y destinatarios de la enseñanza. Aunque fueran ágrafas, las culturas tradicionales tenían su modo de transmitir las habilidades necesarias para la preservación del grupo y concedían particular jerarquía a los dueños de los grandes misterios.
Alojado en la casa de su maestro, el aprendiz medieval adquiría en ese contexto una formación integral. Junto al oficio incorporaba valores, formas de organización del trabajo y las reglas del juego, indispensables para desempeñarse en la vida.
Todo concepto pedagógico se remite a las especificidades de una cultura, de una cosmovisión y de una demanda social. Las tendencias a homologar fórmulas universalistas en los contenidos y en los modos de hacer conducen a la subordinación a los intereses de los poderes que han sido hegemónicos en cada etapa histórica. No se trata, desde luego, de instaurar un localismo retardatario, desconocedor prepotente del pensar contemporáneo. La clave del éxito no se encuentra al modo de “aldeanos vanidosos”, sino de inscribir el mundo en cada realidad concreta. En el origen de todo, la educación constituye una dimensión de la cultura.
Así lo comprendieron quienes forjaron el andamiaje ideológico con vistas a la gran batalla a favor de la independencia de la América nuestra, quienes dejaron sembrada la semilla de un proyecto verdaderamente emancipador, herederos de Rousseau más que del clásico iluminismo dieciochesco. Simón Rodríguez fue, a la vez, un precursor y un visionario. Sometida al dominio de la misma metrópoli, Cuba estaba atrapada en contradicciones nacidas de componentes de otra naturaleza. Semejante al continente al disponer de una capa social poderosa en lo económico, abierta a anchos horizontes en lo intelectual y capacitada para asumir el poder político, el desarrollo de una economía exportadora con base en la plantación y en la esclavitud, imponían cautela por temor a una insurrección como la de Haití. Para diseñar una estrategia a mediano plazo, había que edificar desde la educación, los sólidos cimientos del futuro.
La escolástica respondía a la omnipotencia de la iglesia y el estado. La letra encarnaba una verdad absoluta sin resquicios. Transmitida mediante prácticas memoristas, anulaba el sentido crítico en la política y en el pensamiento. Perduraba al margen del espíritu de una época iluminista que reconocía en la razón y en los sentidos las vías de acceso al conocimiento. La España borbónica se abrió con prudencia a los aires renovadores. En las colonias empezaban a entreabrirse las ventanas con Don Luis de Las Casas, el Obispo Espada y la formación de la Sociedad Económica de Amigos del País. Los criollos no desaprovecharon la oportunidad. En el Seminario de San Carlos y San Ambrosio se modificaban enfoques filosóficos y aparecía una cátedra de Constitución. El remolino de ideas duraría poco. En España se instalaba el autoritarismo más anacrónico, y el diputado Félix Varela no podría regresar a su país natal.
De todas maneras, en la Isla el panorama había cambiado. Distintas estrategias aseguraron el desarrollo y la circulación de ideas, apuntaladas en el obrar conjunto de cultura y educación. Olvidada durante algún tiempo, la tradición pedagógica cubana comienza a reivindicarse. Nos limitamos todavía, sin embargo, a evocar la secuencia Varela-Luz-Varona, sin analizar a fondo el sentido de las contribuciones de cada uno, según las demandas de un momento histórico preciso. Queda por estudiar el tránsito imprescindible a través de la República neocolonial, etapa de mayor complejidad que la precedente.
En efecto, el sistema educacional español, a diferencia del anglosajón, de inspiración protestante y requerido por ello del acceso directo de los feligreses a la Biblia, privilegió —en términos relativos— la formación de la cúspide en detrimento de la base. Prueba de ello, las universidades privadas de la América Latina precedieron a las ahora muy célebres norteamericanas, aunque el acceso al doctorado se restringiera a los centros de educación superior radicados en la Península. La escuela primaria, en cambio, fue escasa. Padeció el desamparo y un lento crecimiento. Se expandió paulatinamente en el siglo XX, aunque no llegara a cubrir todas las necesidades, sobre todo en los territorios rurales. Por razones económicas, los más pobres no llegaban a cumplir el ciclo de la enseñanza elemental, mientras el Ministerio de Educación se convertía en centro de corrupción.
La intervención norteamericana esbozó un proyecto de reforma educacional. La falta de centros especializados en la formación de maestros y la necesidad de crear nuevas escuelas condujo a formular un plan de preparación emergente. Para quienes tenían la preparación básica necesaria, se ofrecieron becas para cursos de verano, concebidos al efecto, en universidades norteamericanas. El poeta Regino E. Boti se encontraba entre los seleccionados. Dejó testimonio de esa experiencia en un diario aún inédito. Cuando el imperialismo se estrenaba con la guerra hispano-cubano-norteamericana y ocupaba Cuba, Puerto Rico y Filipinas, el modelo implantado en el país vecino seguía gozando de alto prestigio, aureolado por la eficiencia en el impulso a la modernización. Distanciados, críticos en ocasiones, los apuntes del escritor guantanamero denotan insatisfacción, que parece responder, ante todo, a un choque de culturas. La operación, concebida para viabilizar el trasplante de modelo, no tuvo los resultados esperados.
Algunas instalaciones educacionales siguen evocando nombres de pedagogos de la República neocolonial. Poco sabemos de ellos, de su acción y de su pensamiento. Y, sin embargo, en aquellos tiempos difíciles, de abandono y pobreza extrema, de bajos salarios, persistió una tradición viviente, portadora de principios éticos y de valores patrióticos. En su terruño de Yaguajay, Raúl Ferrer exigía que todos entraran descalzos para evitar exclusiones humillantes a los niños que carecían de zapatos. Alguna influencia norteamericana fue entrando lentamente a través de las escuelas privadas bilingües. A ellas acudían los hijos de ciertos sectores de las capas medias. En otro orden de cosas, la Facultad de Pedagogía incorporó un pensamiento de raigambre pragmática. Esa tendencia hubiera favorecido a la larga un predominio del utilitarismo que hubiera desplazado el ejercicio del pensar a favor del aprendizaje de habilidades perecederas, como todo knowhow, con el avance acelerado de la tecnología. Sin embargo, la tradición sirvió de contrapeso a los conceptos reduccionistas. Para bachilleres y graduados de las Escuelas Normales, los planes de estudio preservaron una visión humanista, integradora de conocimientos.
Confieso pertenecer irremediablemente a la era Gutenberg y disfrutar del placer sensorial de sopesar un libro entre las manos, de palpar la textura del papel y percibir el olor de la tinta fresca. No dejo de entender por ellos que estamos transitando hacia otra era. Entre otros peligros, asecha la robotización de las mentes en un universo cada vez más orweliano. Internet ofrece un ciberespacio infinito. Nos brinda el rápido acceso a datos de todo tipo. Su autoridad se impone como verdad irrebatible, atribuida otrora a la letra. Parece entregarnos un saber universal que traspasa distancias y fronteras tanto geográficas, como culturales. Todo depende del rigor y la ética del emisor. Las enciclopedias de empleo más extendido, no son confiables. Contienen errores e insuficiencias. Están diseñadas a partir de los supuestos gustos del consumidor. Los profesores perciben ya las repercusiones en el acomodo mental de los estudiantes, la investigación en las fuentes primarias por el “corta y pega” de referencias secundarias, enfermedad que está invadiendo el mundo académico, contaminado ya por la mercantilización del saber. Se instaura así un nuevo monopolio destinado a la manipulación de las inteligencias y a la producción de un subproletariado intelectual. En ese espacio ilimitado, de ilusorio ejercicio de la libertad, las voces alternativas se vuelven inaudibles y se descarta la presencia de las antiguas culturas que alguna vez fueron vencidas por la pólvora. Una sola filosofía de la vida se convierte en paradigma generalizado.
Más que tontería, es verdadero disparate cerrar las puertas al indetenible avance tecnológico. Como sucediera en los inicios de la era Gutenberg, cuando el saber salía de los monasterios para impulsar la preponderancia de las Universidades y la tierra fue circunvalada, hay que formular las bases de una pedagogía al servicio de las necesidades de la contemporaneidad. Hay que preservar los grandes tesoros de la infancia, la insaciable secuencia de los porqués, la alegría latente en cada descubrimiento, la imaginación, la creatividad y la capacidad de soñar. Hay que incentivar el espíritu crítico, en el entendido de que las verdades rara vez son absolutas, sujetas siempre a nuevas revelaciones y a distintos puntos de vista. Imaginación y creatividad impulsan lo que acostumbramos llamar inteligencia. Ambas cualidades no pueden amordazarse. Por eso un niño puede pintar el cielo de verde.
La educación en su conjunto debe instruir en el manejo de las herramientas básicas para el acceso al conocimiento, incluido los hábitos para la mejor convivencia social. Le corresponde, en gran medida, desarrollar facultades de observación, abrir los ojos a lo pequeño y a lo grande del universo que nos rodea para restablecer las interconexiones necesarias entre fenómenos de distinta naturaleza y desarrollar la capacidad de análisis y problematización de la realidad. Para el logro de esos fines, la tradición ha reconocido la primacía de disciplinas fundamentales como las matemáticas, la historia y la literatura, concurrentes para incentivar interrogantes, despejar procesos y estimular la creatividad de un sujeto activo.
El maestro es, ante todo, un creador. Representación de la sociedad, el aula contiene un cuerpo viviente, de composición diversa. En cada inicio de curso, habrá de redescubrir que no hay dos grupos con comportamiento idéntico y saber que habrá de trabajar con ellos despojado de rígidas ataduras procedentes de metodologías abstractas y, a veces, retóricas. El verdadero maestro (no abundan, pero tuve el privilegio de tenerlos) ejerce su autoridad sin autoritarismo y favorece un auténtico clima de respeto mutuo, eludiendo el paternalismo, subestimación involuntaria del otro. Para recuperar nuestra tradición pedagógica, hay que hurgar en su estudio, a fin de descartar versiones reduccionistas, limitadas a la reiteración de algunos axiomas y descubrir el espíritu oculto tras la letra. Los fundadores y quienes continuaron su obra más tarde, movidos por la voluntad de hacer una nación, abrevaron en todas las fuentes y las ajustaron a los requerimientos del contexto concreto, pensando en el presente con perspectiva de futuro.
El magisterio martiano, explícito a veces, se expresa también en las entrelíneas de la totalidad de su obra, por lo que no puede ser mutilada por la reiteración de citas extraídas de su contexto. Asimilado en su integralidad, habrá de estar presente en el hacer cotidiano del aula.